MARANHÃO: LAS FAMOSAS LENÇÓIS BRASILEÑAS

Posted on junio 26, 2010 | Category: América

Cuando uno piensa en Brasil, en general son varias las imágenes que concurren a nuestra mente: extensas playas paradisíacas, cocoteros que proporcionan sombra, agua turquesa y transparente, sensuales garotas, musculosos garotos y exuberante vegetación que hace las delicias de los visitantes. Por eso es difícil encontrar algún destino turístico de este enorme país de Sudamérica que no ofrezca playas entre sus atractivos. Bueno, en el caso de este, las tiene, pero es que en este lugar las playas son lo de menos, cuando otras bellezas naturales están a nuestra disposición. Este es el estado de Maranhão, el más grande de la Región Nordeste de Brasil.

Maranhão es uno de los 27 estados que conforman esta nación, un amplio territorio acariciado por las aguas del Océano Atlántico, donde la diversidad de ecosistemas es ciertamente llamativa. Se la puede considerar una zona de transición, donde comienza a dejarse atrás la típica geografía del nordeste, para acercarse al Amazonas. A unos pasos nomás de la selva tropical, es entendible por qué miles de turistas arriban a Maranhão en busca de lugares inexplorados y mucha aventura. Son estos los visitantes que se desentienden de la comodidad de los resorts y se enfrentan cara a cara con la naturaleza.

Si bien este estado cuenta con uno de los litorales más extensos de Brasil, en Maranhão las playas no son las protagonistas. La costa de 600 kilómetros está ahí, para ser disfrutada, pero otros atractivos naturales le ganan por goleada. Ríos, selvas y pantanos ponen en juego toda su vegetación y su fauna para distraer a los recién llegados. Ni hablar de las famosas lençóis que sorprenden y dejan boquiabierto a más de uno.

San Luís es la capital del estado de Maranhão y encierra varias peculiaridades. Primero que nada se asienta en la isla homónima; en segundo lugar, su parte antigua es mucho más visitada que lo que se considera “la ciudad nueva”; para finalizar, ésta es la única ciudad del país que lleva un nombre francés, porque fue fundada por Daniel de la Touche, un oficial naval, que le otorgó este nombre en 1612, en honor al recién coronado Rey de Francia, Luís XIII. De la Touche cumplió con las reglas de la típica fundación de una ciudad: trazó la plaza, levantó el fuerte, el convento y la capilla.

Sin embargo, tres años después y tras una lucha, los portugueses expulsan a los franceses, aunque hasta que estos no mostraron su interés y fundaron la ciudad, esta zona había sido ignorada por Portugal. Luego de una corta ocupación holandesa, San Luís volvió a manos portuguesas, aunque conservó su nombre original y comenzó a surgir como una ciudad pujante, que vivía de las exportaciones de caña de azúcar, tabaco y cacao, aunque tuvo su mayor esplendor en la época en la que Brasil comerciaba algodón con Inglaterra. Por esos años del siglo XIX, San Luís era la tercera ciudad en importancia del país.

Luego comenzó la decadencia de las exportaciones, se abolió la esclavitud, y la zona pasó al olvido. De hecho, hoy en día, pese a un pasado de esplendor, Maranhão es uno de los estados más pobres de Brasil. Hace años que a través del turismo, la población intenta resurgir y recuperar la importancia del pasado. Claro, tienen con qué y de a poco el esfuerzo va dando sus frutos.

Es quizás por este motivo, que las autoridades de la capital vienen trabajando en mejorar muchas zonas, como la costanera y, por supuesto, sus antiguos edificios, que se acumulan en el Casco Histórico, nombrado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, en 1997. Es uno de los patrimonios arquitectónicos más importantes del país, pero San Luís no está tan bien conservado como otros lugares (Ouro Preto, por ejemplo), es que son más de tres mil los edificios que aún perduran de la época de gloria de la ciudad, y es difícil tratar de restaurar todos en poco tiempo.

Caminar por las empedradas calles del Centro Histórico es un paseo al remoto pasado de este lugar. Los balcones, las ventanas enrejadas, los azulejos que cubren las paredes, nos ofrecen un ticket de ida a siglos anteriores, y nos hace sumergir en la ciudad más portuguesa de Brasil, como aseguran los lugareños.

Además de pasear entre las iglesias, los museos y las casonas, resabio de épocas de opulencia, se puede disfrutar de una tarde en las bellas playas de San Luís, o de la noche, sentados en algún bar, bebiendo una cerveza bien helada, y escuchando reggae, una música que llegó casi por casualidad, a través de una radio de Jamaica, y que parece haberse apropiado de la ciudad. Camarones, tartas de cangrejos, mucho arroz y platos a base de pescado forman parte de la gastronomía local.

Desde San Luís, dejando la isla en una embarcación, y a solo una hora de viaje, Alcántara es una pequeña población colonial, que se constituye en el destino ideal para una rápida excursión. Otro viaje al pasado, ya que en sus calles y en sus edificios se respira una era dorada y ya olvidada, cuando la aristocracia rural poseía enormes caserones. Hoy en día, los lugareños hablan de sus ruinas como si se tratara de un atractivo especialmente preservado por ellos. Su pequeño centro da una acabada muestra del presente comiéndose al pasado, cuando la vegetación ocupa los jardines y los interiores de las antiguas mansiones.

Desde San Luís, donde muchos turistas deciden hacer base, basta solo un vuelo para llegar a la entrada de uno de los lugares naturales más maravillosos de todo el territorio brasileño. Claro, que para los que prefieren un viaje más económico o para los que temen a la altura, siempre se puede ir por bus y recorrer los 300 kilómetros que separan la capital del estado del pequeño poblado de Barreirinhas, a tres horas por carretera. Desde que la ruta se pavimentó, el turismo local ha crecido intensamente. Aunque este pueblo cuenta con una infraestructura moderada, está en vías de crecimiento. Sin embargo, muchos visitantes prefieren sólo partir desde aquí, y luego buscar algún otro lugar más alejado, donde la naturaleza se respire en cada rincón.

Barreirinhas cuenta con poca hotelería, algunas posadas y restaurantes que ofrecen los platos típicos, pero son pocas las personas que pasan tiempo aquí, ya que Barreirinhas es la puerta de ingreso al fantástico Parque Nacional de Lençóis Maranhenses, que fue creado en 1981 con el fin de proteger y estudiar este fenómeno natural que se extiende hasta las costas del océano. Rodeadas de una inmensa vegetación, las 155 mil hectáreas de esta reserva ofrecen la posibilidad única de contemplar un paisaje mágico.

Por algo esta zona es conocida como el “Sahara brasileño”. Pensemos en un desierto enorme, que a simple vista parece una extensión de arenas blancas, pero que por momentos se encuentra recortado por oasis. No, no es un espejismo, son lagunas de aguas azules o verdosas, que convierten a la zona en una experiencia inolvidable. Desde el cielo, parece que unas sábanas surgen desde el mar, de aquí su nombre: en español lençóis significa “sábanas”.

Pero turísticamente se puede vender este lugar, que sigue siendo el secreto mejor guardado de Brasil, como un desierto de América del Sur, pero poco de verdad hay en esta estrategia de venta. El territorio recibe una media anual de 1700 milímetros de lluvia, entre los meses de enero y julio, cuando las lagunas comienzan a llenarse.

Estas lagunas de agua dulce se ven repletas de fauna, como tortugas, peces y cangrejos, pero cuando llega la época seca, el agua se evapora y la vida parece morir, aunque claro, al año siguiente, cuando el agua vuelve a caer y el ciclo se repite, milagrosamente lo animales vuelven a surgir.

La época ideal para conocer esta zona es entre junio y septiembre, cuando las lagunas están llenas y el clima templado ayuda a disfrutar de las excursiones por el Parque Nacional. Para proteger las dunas de arena blanca y la vegetación, se prohíbe la entrada con vehículos particulares. Las excursiones suelen hacerse con guías experimentados, que en balsa nos conducen desde Barreirinhas, remontando el río Preguiças, y luego en 4×4, sorteando la vegetación.

Además de anteojos de sol, gorros, repelente y agua, hay que llegar a las lençóis con mucha fuerza y ganas de caminar. Las dunas van variando según cómo sople el viento, y algunas llegan a medir unos 40 metros de altura. Las lagunas más conocidas son la Laguna Azul, la más profunda, y la Laguna Bonita, una de las más extensas.

Además de remojarnos en el agua cálida, podemos seguir por el río hasta alcanzar el mar y conocer la población pesquera Atins, donde es imposible no probar algún pescado. O también llegar al límite del parque, y subir los 164 escalones del Faro Preguiças, para obtener una hermosa vista panorámica de las lençóis que se arriman hasta el mar.

Un lugar ideal para pasar la noche, por sus módicos precios y su belleza natural, es Caburé, un caserío que no posee electricidad, pero cuya gente siempre está lista para ofrecer una sonrisa y toda su amabilidad. La lengua de arena donde se ubican las casas, está rodeada por el río y solo una alta duna la separa del mar, donde las playas solitarias se extienden y le recuerdan al turista que ellas también están allí, y que Maranhão es un estado completo y agradecido, comenzando a surgir y compitiendo con los destinos turísticos más famosos de Brasil.

Flor.    Destinosturisticos.net

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