Nueva Orleans – La ciudad del pecado

Posted on junio 17, 2010 | Category: América

Estados Unidos es un país enorme, nadie lo puede negar, basta sólo con mirar un planisferio para darse cuenta. Todos los climas, todos los paisajes, todas las costumbres. Sin embargo, aunque es una gran nación, conformada por un sinfín de pueblos y ciudades, por momentos da la sensación de que más que un conjunto o una totalidad, Estados Unidos es simplemente la suma de todas sus partes, y que más allá de su bandera de barras y estrellas o el himno que los nuclea, nunca llega a ser un todo.

Quizás esta sensación se deba a que, como lo dice su nombre, U.S.A. es el resultado de unos 50 estados unidos, cada uno con su historia, con sus vicisitudes, con su capital, con sus propias leyes, con su gente y su idiosincrasia. Porque claro, Estados Unidos tiene una historia muy rica, anterior a su independencia, a su guerra civil y a su actualidad, una historia que empieza de manera muy similar a la de otros países del mundo, que antes de ser una nación, fueron colonia.

Parte del territorio actual de Norteamérica fue muy codiciado luego del “descubrimiento” por diferentes potencias de la época: España, Francia e Inglaterra estuvieron en la zona, lucharon, acordaron, conquistaron, hicieron historia, y trajeron consigo usos y costumbres, muchas se perderían, otras tantas perdurarían y se convertirían en parte de un legado extranjero que pronto sería apropiado por los habitantes de estas tierras.

Cerca del Golfo de México, al sur, un enorme territorio fue tomado por Francia y anexado a sus dominios. Fue llamado Luisiana, que significa “la tierra de Luis”, en honor a Luis XIV. Tierras muy buscadas eran éstas, en especial la porción que se ubicaba en la desembocadura del actual río Mississippi. Ni lerdos ni perezosos, los franceses se apresuraron a plantar su bandera allí, y en 1718 vieron la necesidad de establecer una población en aquel puerto natural. De esta manera nació Nueva Orleans, llamada así en honor a Felipe, quien fuera Duque de Orleans, en aquellos años.

Así empezaría una vida turbulenta para esta naciente ciudad, que sería en varias oportunidades capital del futuro estado de Luisiana. Turbulenta porque eso es lo que sucede cuando un lugar se convierte en codiciado, en estratégico, en una joya cerca del mar, aunque su territorio no pareciera prometedor: pantanos, tierras proclives a las inundaciones, clima húmedo y pegajoso. Pero eso pareció ser lo de menos, porque los franceses siguieron llegando y comenzaron a establecerse en el lugar.

Nada dura para siempre, y en 1763 Francia entrega a la corona española esta ciudad en compensación por su ayuda. Los españoles no tardan en llegar, aunque la población gala se oponga fervientemente a cambiar sus costumbres o su idioma. Durante las décadas de dominio español, Nueva Orleans creció, despegó, se modernizó. Fueron muchos los adelantos que introdujo España: alumbrado, creación de diques y canales, construcción de edificios que aún siguen en pie, pero el más importante fue, quizás, dejar su marca en este lugar.

Ya en 1795, España cedía los derechos del puerto a los Estados Unidos; esto era solo un adelanto de lo que estaba por venir. En 1801, el pacto de la Casa Borbón dejó de tener efecto, y Napoleón ordenó devolver Luisiana a manos francesas. Pero esto no duró mucho, porque en realidad, poco tiempo después el estado completo, población y Nueva Orleans incluidos, sería vendido a la nueva nación, y comenzaría a formar parte de los Estados Unidos de América.

Quizás por su destino errático es que Nueva Orleans se convirtió en la “Ciudad del Pecado”, se arrojó al alcohol y a los excesos. O es quizás esto resultado de un ambiente multifacético, donde un crisol de razas y una mezcla de idiomas y costumbres se aglomeran en sus calles y se asoman al Mississippi. El alma vendida y comprada, adoptada y defendida, un alma impura que se respira en sus calles, en sus locales nocturnos, en sus pantanos tenebrosos. Así es Nueva Orleans, el resultado de una historia tumultuosa, tomada con humor, con pena, con amor y, sobre todo, con mucha pasión.

Porque si hay algo que decir de esta dama sureña es que constituye un mundo aparte. No hay ciudad igual en los Estados Unidos, ¡qué decir!, no hay ciudad igual en todo el mundo, ningún espacio donde el fenómeno que se ha dado aquí se vuelva a repetir.

Durante años, Nueva Orleans ha sido la capital cultural del sur, además de erigirse como una de las principales del país. Con el tiempo, a la ciudad le quedó sólo su aire exótico y misterioso aunque, de todas maneras, sigue siendo uno de los destinos más visitados por el turismo. Incluso después del año 2005, cuando su nombre se puso boca de todos a causa de una tragedia: el huracán Katrina arrasó con las costas de Luisiana, y Nueva Orleans se vio altamente perjudicada. Sus calles quedaron prácticamente sumergidas por las aguas. El éxodo de la población no se hizo esperar. Tuvieron que pasar varios años para que el corazón de esta ciudad volviera a latir con la misma fuerza de antaño.

Nueva Orleans ya no es la capital del estado (la cabecera de Luisiana es Baton Rouge), pero aún hoy sigue siendo la ciudad más importante, por eso los visitantes siguen llegando, pero no solo porque este territorio es libre de impuestos. Nueva Orleans tiene tanto para ofrecer, pero principalmente ofrece su cultura. Sí, cultura.

La “Capital del Jazz” se refleja en su música particular, en sus comidas típicas, en su acento que convierten al idioma casi en un dialecto, en sus calles, en su memoria. Es imposible no notar las huellas de su pasado español, o de su pasado francés, o de su pasado esclavista. Es imposible no observar el resultado de la mezcla de razas, lenguas y religiones. Imposible no sentirse intrigado por la cultura criolla o “creole”, los usos y costumbres de aquellos hijos de españoles y franceses nacidos en este territorio. ¿Y la comida? Claro, también debemos dejarnos encantar el paladar por la gastronomía cajún (como se llama a los franceses que emigraron de los dominios de Francia en Canadá).

La arquitectura también es ecléctica, depende por donde se mueva el turista, podrá observar las distintas épocas que han marcado los edificios. Las mansiones de la era esclavista, con sus galerías y sus rejas, son el vestigio de la opulencia de otra época, que aún se puede observar en el Garden District, barrio limitado al sur por la Magazine Street, una larga calle repleta de negocios de todo tipo.

Cerca de allí, en pleno corazón de la ciudad, el famoso Barrio Francés, donde la historia no se cuenta, se respira. Las mansiones de los criollos, los actuales estudios y galerías de artistas, los restaurantes típicos… Un conjunto de manzanas que acompañan por un trecho al río Mississippi, que invita a navegarlo en los famosos vapores. De noche, el distrito cambia de cara. Parece que cuando cae el sol y el calor se extingue de a poco, la ciudad revive, y la Bourbon Street enciende sus carteles de neón. En sus pubs, casas de cita y locales de striptease, el pecado cobra otro sentido.

Esta calle conecta el French Quarter con Canal Street, desde donde el tranvía, el más antiguo de la ciudad, lleva a los pasajeros, como en otras épocas, hasta el famoso Parque y Zoológico de Audubon. Es que los atractivos turísticos sobran en Nueva Orleans. Están señalizados y son de fácil acceso, pero hay ciertos atractivos que no son tan fáciles de conocer. No siempre un turista tendrá la suerte de presenciar el paso de un cortejo fúnebre en su vuelta a la ciudad, acompañado por las alegres notas del jazz de una banda militar, costumbre que resulta extraña al foraño, pero que se ha convertido en todo un acontecimiento.

Es probable que no todos los visitantes deseen sumergirse en las tierras del vudú, pero sus misterios cobran vida en estas calles, y es complicado mantenerse alejado. Para los menos aventureros, algún suvenir alegórico a esta antigua religión bastará, o quizás una visita a la tumba de Marie Laveu, “la reina del vudú”, la más visitada del Cementerio de San Luis.

Pero si el jazz, el vudú y la comida picante no es suficiente, habrá que esperar a la época del carnaval para realmente sentir cómo late el corazón de Nueva Orleans: el Mardi Grass es, tal vez, junto al carnaval de Río de Janeiro y al de Venecia, uno de los carnavales más importantes del mundo. Doce días de jolgorio, donde la ciudad se entrega, una vez más, al pecado, al exceso, a la alegría. Donde las carrozas toman las calles, la música nunca cesa, los collares adornan los cuellos de los concurrentes, y nuevamente las distintas nacionalidades se entrecruzan, las costumbres se mezclan, las diferentes lenguas parecen una sola, y los habitantes de esta seductora ciudad se hacen escuchar.

Así es Nueva Orleans, “la Ciudad Fácil”, “la Ciudad del Cuarto Creciente”, “la Ciudad del Pecado”…

Flor.       Destinosturisticos.net

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